Demasiadas caras

Demasiadas caras

Cuantas veces habremos oído, el ya casi tópico dicho, de que “las mejores
historias son a veces las más sencillas“. Las aparentemente simples por
fuera, pero profundamente complejas por dentro.
Lo importante, en realidad, es calar en el espectador. Llegarle, hacerle participe
de la experiencia, raptarlo durante 120 minutos y ofrecerle un relato inteligente,
cómico, importante.

Título original: El hombre de las mil caras
Año: 2016
Duración:123 min.
País: España
Director: Alberto Rodríguez
Guion : Alberto Rodríguez, Rafael Cobos (Libro: Manuel Cerdán)

El hombre de las 1000 caras es una película con una gran factura, con
conocimiento de causa, entretenida, realizada desde la técnica y con una
propuesta artística atrevida. No obstante en esta ocasión, este atrevimiento no
me fascina. Me desubica, me desorienta. Sus pretensiones por atrapar al
espectador mediante efectismos resulta ser su mayor carencia. Ese constante
movimiento, ese diseño tan irregular, me incomoda. No soy capaz de sentirme
dentro, pese a intentarlo y esforzarme.
La historia es apropiada, la trama es sólida. El momento que los españoles
estamos viviendo, respecto a la corrupción por parte del gobierno, es crítico. Y
películas que relaten esta realidad, de una forma verosímil, están llamadas a
ganarse al público, o por lo menos, a captar su atención. Y es en esta faceta
donde el film es rico, contiene una importante denuncia social. Ideas
interesantes que describen esa lacra contagiosa de mercenarios, embusteros,
hipócritas, ladrones y sinvergüenzas.

La historia es interesante. Empieza fuerte, con una escena que sugiere una
variación estructural cíclica, el espectador cree predecir el final. Finalmente el
relato vacila, y no resulta ser así. Ofrece unas expectativas que no se cumplen
tal y como se esperan, eso sorprende y agrada, funciona. Lo interesante de la
historia no es cómo terminará sino el transcurso en sí. El metraje entretiene, te
mantiene despierto y atento. Es dinámica y con ritmo, con una puesta en
escena portentosa. A través de las imágenes es intuitivo deducir que los
responsables del producto saben de lo que hablan, saben cómo hablar, saben
qué decir, pero no saben cuando callar. Y ese es el problema.

Eduard Fernández

Su principal lastre, es el surtido caótico de subtramas, personajes, lineas
temporales y la poca síntesis que contiene el discurso. La trama adopta una
compleja discursiva, a mi parecer innecesaria. El suceso se nos cuenta, no se
nos muestra, y este punto es una gran debilidad de la pieza, hay demasiadas
caras. La mayoría de escenas son cortas, musicalizadas, estilizadas a lo “Guy
Ritchie”. Una apuesta arriesgada por parte de Rodiguez, que anhela sin
embargo, esa potente sustancia que abundaba en su última obra “La isla
Mínima“.
La construcción de los personajes es correcta, sin más. El personaje que más
desprende, Luis Roldan (Carlos Santos), es el que menos importa, no por la
historia en sí, sino por el tratamiento que se le da a este, y por la manera en
que la cámara se fija en él. Los principales protagonizan tramas secundarias
bastante vacías, que no acaban de exponerse suficientemente como para
tomar relevancia en el relato. Los personajes acaban por transmitirte
indiferencia. Te enseñan lo malos o buenos que son, pero no el por qué, el film
acaba convirtiéndose en un puzzle en el que cada vez tienes menos ganas
de encajar las piezas.

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